Mario está absorto en sus pensamientos. Ella
no quiere interrumpirlo pero sabe que pronto tendrá que hacerlo. En el
escritorio metálico y desvencijado reposan desde hace rato los dos huérfanos
que todavía le quedan; los únicos. Los otros
ya no están, bien porque se murieron a la espera de un aliento de
libertad o bien porque sus padres aparecieron, se los llevaron y ahora están
más huérfanos de lo que estaban ahí dentro. Los dos ahora son solo eso, dos carpetas
iguales pero que recogen dos universos distintos. Uno resume su vida en solo
tres hojas y ha sufrido más golpes en dos años que los que Mario ha tenido en
toda su vida. El otro tiene más hojas, pero menos historia y aunque un poco más
flaco, también le parece lindo. Mario sabe que su cabeza y su palabra tendrán
que tomar una decisión. Desde lejos, los sonidos y los hedores de la casucha le
taladran el alma; la siente presente y pegajosa, y la sufre a medida que vislumbra como poco a
poco habrá de tragarse al no electo en medio de la mugre, las hambres, los
golpes y el olvido. Decir un sí
puede ser la redención para un alguien, decir un no, una condena a la muerte en
vida para un otro. La mujer no quiere afanarlo, pero pronto tendrá que hacerlo. Mario, sin quererlo,
hoy tendrá que ungir como un Dios; hoy tendrá la potestad de elegir quien vive
y quien deberá empezar a morir. Mario quiere elegir no tener que elegir, pero
esa opción no aparece en su menú. La
mujer, con la pinta apagada y fría de su ser-funcionaria, se ha levantado y con
su silencio incómodo le ha pedido elegir ya. Mario ha tomado una carpeta sin
mirarla, la ha abierto y ha buscado la página de las firmas y las sentencias.
La adopción es un hecho. Aún no sabe por quién se ha decidido el azar, su azar. Solo sabe que en pocas horas, una carita
feliz estará llenando el vacío que la naturaleza infecunda le ha impuesto a su
hogar, mientras otra carita, la otra que
ha desechado, sucia y llorosa, quedará condenada a una espera de nunca acabar,
pegada a la única reja que da a la calle y violentada por el hambre y la
indiferencia, mientras espera que milagrosamente aparezca otro Mario; un Mario distinto, no este, pero que llegue antes de que la muerte se tome el espacio, lo acabe todo y acabe en
nada.
domingo, 30 de septiembre de 2012
Infinitum (Taller 2, Mr. Nobody)
El pequeño Bruno había armado más rompecabezas que cualquiera de su barrio. Odiaba los rompecabezas. Su padre los amaba. Aún así, el pequeño Bruno ostentaba el récord entre sus compañeros de colegio, entre sus primos y tíos, incluso, le ganaba a cualquiera de los compañeros de trabajo de su padre en la empresa de ingenieros civiles.
Los rompecabezas eran de todos los tamaños: Desde diminutos de tan solo cuatro piezas, hasta gigantescos rompecabezas que con sus miles de piezas cubrían todo el suelo de madera.
Uno a uno, pieza por pieza, armó todos los rompecabezas sin descanso durante años. Se desgastó la espalda, sintió la presión del suelo de madera contra sus rodillas y la mirada penetrante de su padre en la nuca. Su padre lo vigiló día tras día. El pequeño Bruno siguió armando rompecabezas, incluso, cuando los niños de su barrio jugaban fuera, bateando pelotas de baseball o corriendo imparables, con los mechones de cabello al sol del verano o con la brisa del invierno pasándose entre éstos. Siguió allí, acompañado únicamente de una infatigable luz amarilla que le mostraba, sin cesar, los manchones a juntar entre pieza y pieza.
Un día, su padre murió.
El único recuerdo que le quedó de él, al pequeño Bruno, fue una vieja y amarilla regla que reposaba encima de las cajas donde su padre guardaba los rompecabezas terminados. Aquel día, el pequeño Bruno tomó la regla y la fracturó a la mitad sin remordimientos. Usó toda la fuerza que lograron sus pequeñas manos. Manos, que desde ese momento en adelante, pasarían a sostener brochas y pinceles, paletas y lienzos. Nunca más rompecabezas.
Bruno creció en la misma medida que creció el frenesí por su nuevo arte. Pintó un cuadro tras otro. Devoró a brochazos todo lienzo que llegó a sus manos. Retrató, mediante manchas, cada imagen que se le pasó por la mente, y uno tras otro, fue acumulando sus cuadros en la misma habitación donde antes hacía rompecabezas. Los acomodó por tamaño, los organizó por color uno al lado del otro hasta alinearlos de manera tan precisa que logró formar una bella, esplendorosa y exacta imagen grupal. Terminó su ultimo rompecabezas.
sábado, 29 de septiembre de 2012
Sesión 001 - Multiples realidades, memoria, tiempo.
Lo primero que vi fueron dos peces que se colaban por la ventana. Apenas ese recuerdo terminaba de asentarse cuando un sol anaranjado empezó a derretirse sobre nuestras cabezas. Era el infierno que se nos venia encima, en la forma de un genio obtuso que concedía todos los deseos.
Nadie puede describir lo que ocurre en un mundo parcelado por la fuerza de los sueños, tantos tiempos como personas soñando, tantas reglas absurdas como estrellas en el cielo. Realidades que chocaban como huracanes y personas perplejas ante la materialización de sus delirios.
Todo esto era indirectamente mi culpa. Me sentía como un sidoso vengativo, como un perro rabioso y feliz.
Cuatro años atrás, si decir años todavía tiene sentido en esta isla, aquí donde se refugian los menos avezados creadores, estas criaturas despreciables de pies en tierra, incapaces de hacer otra cosa que aferrarse a su pasada existencia, ese imposible.
Acurrucados a mi lado, tiemblan y sueñan con regresar el tiempo. Pero la suma de sus sueños y sus voluntades apenas alcanza para levantar una atalaya de carros y muebles de oficina que los rodea y los separa del desbordado mundo que se crea y se destruye mil veces cada día del otro lado.
Años, otra vez. ¿Puedo decir años? Cuando pusimos esa cuna a un lado de la pecera y James Estivenson se quedo enganchado con los colores de las escamas, las aletas y las colas.
Cuando empezó a convertir las hojas del patio en escamas y el aire en una colada transparente para sus pecesitos fantasma. Para sus primeros proyectos de vida, que se diluían como nubes.
Ese no era siquiera el principio. Una hormiga que le recorría la rodilla, de pronto se inflaba, allí donde el fijaba la mirada. Donde descubría un detalle que crecía instantáneamente y aveces volvía a su forma original o se hacía polvo.
¿Por qué no eramos su madre y yo victimas de su poder? Y ¿por qué ese poder llegaba a ser contagioso cuando te le quedabas mirando?
El mismo día que mientras le amamantaban, una turba de recordados lleno la sala y se quedo para siempre como un juego de estatuas palpitantes.
Ochocientas almas que dejamos en casa mientras huíamos llevando la plaga por el mundo hacia un hospital donde se multiplicarían los pequeños dioses. Era, por lo menos entonces, una plaga que solo se quedaba con niños. Luego vendríamos nosotros.
Del pánico y los niños abandonados a su suerte, que caían en manos bondadosas que formarían parte de la plaga. Muerte y resurrección, duplicaciones inesperadas; pequeños coletazos de alguna realidad (algún sueño) que nos dejaban noqueados por ¿días?.
Luego se recomponía el mundo como una colcha de retazos, como un baile de mascaras que no tardaban en derretirse.
Nota: Transcripción. No se han realizado correcciones sobre el borrador del ejercicio.
Nadie puede describir lo que ocurre en un mundo parcelado por la fuerza de los sueños, tantos tiempos como personas soñando, tantas reglas absurdas como estrellas en el cielo. Realidades que chocaban como huracanes y personas perplejas ante la materialización de sus delirios.
Todo esto era indirectamente mi culpa. Me sentía como un sidoso vengativo, como un perro rabioso y feliz.
Cuatro años atrás, si decir años todavía tiene sentido en esta isla, aquí donde se refugian los menos avezados creadores, estas criaturas despreciables de pies en tierra, incapaces de hacer otra cosa que aferrarse a su pasada existencia, ese imposible.
Acurrucados a mi lado, tiemblan y sueñan con regresar el tiempo. Pero la suma de sus sueños y sus voluntades apenas alcanza para levantar una atalaya de carros y muebles de oficina que los rodea y los separa del desbordado mundo que se crea y se destruye mil veces cada día del otro lado.
Años, otra vez. ¿Puedo decir años? Cuando pusimos esa cuna a un lado de la pecera y James Estivenson se quedo enganchado con los colores de las escamas, las aletas y las colas.
Cuando empezó a convertir las hojas del patio en escamas y el aire en una colada transparente para sus pecesitos fantasma. Para sus primeros proyectos de vida, que se diluían como nubes.
Ese no era siquiera el principio. Una hormiga que le recorría la rodilla, de pronto se inflaba, allí donde el fijaba la mirada. Donde descubría un detalle que crecía instantáneamente y aveces volvía a su forma original o se hacía polvo.
¿Por qué no eramos su madre y yo victimas de su poder? Y ¿por qué ese poder llegaba a ser contagioso cuando te le quedabas mirando?
El mismo día que mientras le amamantaban, una turba de recordados lleno la sala y se quedo para siempre como un juego de estatuas palpitantes.
Ochocientas almas que dejamos en casa mientras huíamos llevando la plaga por el mundo hacia un hospital donde se multiplicarían los pequeños dioses. Era, por lo menos entonces, una plaga que solo se quedaba con niños. Luego vendríamos nosotros.
Del pánico y los niños abandonados a su suerte, que caían en manos bondadosas que formarían parte de la plaga. Muerte y resurrección, duplicaciones inesperadas; pequeños coletazos de alguna realidad (algún sueño) que nos dejaban noqueados por ¿días?.
Luego se recomponía el mundo como una colcha de retazos, como un baile de mascaras que no tardaban en derretirse.
Nota: Transcripción. No se han realizado correcciones sobre el borrador del ejercicio.
sábado, 22 de septiembre de 2012
Otra vez (Taller 1-Haikú)
Ella
está parada ahí, justo en el espacio en el que la vi por última vez cuando
decidió marcharse; justo en el espacio donde creí que sería mi última vez con
su aroma, nuestra última vez. Es si acaso la misma: tal vez un poco más gorda, sus
ojos un poco más chinos, sus senos un poco menos firmes y esa sonrisa que
pretende ser la misma pero que ahora no dice mucho. Me mira como sabe que me
duele y yo siento que me doblega. No la
miro, pero sé que sabe que ya me duele. La casa a mis espaldas sigue tan
inmensa y fría como la dejó; solo una pisada suya bastaría para sanarla pero no
quiero que la pise, no quiero que me pise otra vez. Sonrío finalmente a medio
desarmar y con los odios del pasado que aún no son pasado y que han sido
vertidos en el suelo o tragados como hiel, la veo crecer y volverse inmaculada,
perfecta, cristalina en medio de los estragos producidos por el vacío de tantas
noches, manchadas de espermas triste y solitariamente derramadas, y asesinadas
por amaneceres fríos con los ojos pegados al pavimento vertical. Va a entrar,
lo sé; va a entrar y tendré que decirme que nada ha pasado. Sus sexos malditos
y ajenos de tardes ausentes, ya no existirán. Sus olores macabros que
marchitaban el alma, volverán a llenarlo todo, hasta la soledad. Mañana, el
amanecer con ella será diferente y esa
sensación de derrumbe en la que me dejó se hará tan grande y tan fuerte que no
seré más. Mi mirada se torna ruda, mi orgullo parece renacer y llenar mis venas
con ese último aliento del condenado que lucha por su vida. Me acerco a ella,
le dejó oler mi dolor, tomo su maleta cargada de su aventura que no funcionó y
la veo avanzar lentamente hacia ese mundo que casi nada era sin ella. La casa
se ilumina y ella se ilumina mientras mi alma, enredada aún en la oscuridad,
comienza aceptar-se oscura, invisible, imposible, completa.
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