Lo primero que vi fueron dos peces que se colaban por la ventana. Apenas ese recuerdo terminaba de asentarse cuando un sol anaranjado empezó a derretirse sobre nuestras cabezas. Era el infierno que se nos venia encima, en la forma de un genio obtuso que concedía todos los deseos.
Nadie puede describir lo que ocurre en un mundo parcelado por la fuerza de los sueños, tantos tiempos como personas soñando, tantas reglas absurdas como estrellas en el cielo. Realidades que chocaban como huracanes y personas perplejas ante la materialización de sus delirios.
Todo esto era indirectamente mi culpa. Me sentía como un sidoso vengativo, como un perro rabioso y feliz.
Cuatro años atrás, si decir años todavía tiene sentido en esta isla, aquí donde se refugian los menos avezados creadores, estas criaturas despreciables de pies en tierra, incapaces de hacer otra cosa que aferrarse a su pasada existencia, ese imposible.
Acurrucados a mi lado, tiemblan y sueñan con regresar el tiempo. Pero la suma de sus sueños y sus voluntades apenas alcanza para levantar una atalaya de carros y muebles de oficina que los rodea y los separa del desbordado mundo que se crea y se destruye mil veces cada día del otro lado.
Años, otra vez. ¿Puedo decir años? Cuando pusimos esa cuna a un lado de la pecera y James Estivenson se quedo enganchado con los colores de las escamas, las aletas y las colas.
Cuando empezó a convertir las hojas del patio en escamas y el aire en una colada transparente para sus pecesitos fantasma. Para sus primeros proyectos de vida, que se diluían como nubes.
Ese no era siquiera el principio. Una hormiga que le recorría la rodilla, de pronto se inflaba, allí donde el fijaba la mirada. Donde descubría un detalle que crecía instantáneamente y aveces volvía a su forma original o se hacía polvo.
¿Por qué no eramos su madre y yo victimas de su poder? Y ¿por qué ese poder llegaba a ser contagioso cuando te le quedabas mirando?
El mismo día que mientras le amamantaban, una turba de recordados lleno la sala y se quedo para siempre como un juego de estatuas palpitantes.
Ochocientas almas que dejamos en casa mientras huíamos llevando la plaga por el mundo hacia un hospital donde se multiplicarían los pequeños dioses. Era, por lo menos entonces, una plaga que solo se quedaba con niños. Luego vendríamos nosotros.
Del pánico y los niños abandonados a su suerte, que caían en manos bondadosas que formarían parte de la plaga. Muerte y resurrección, duplicaciones inesperadas; pequeños coletazos de alguna realidad (algún sueño) que nos dejaban noqueados por ¿días?.
Luego se recomponía el mundo como una colcha de retazos, como un baile de mascaras que no tardaban en derretirse.
Nota: Transcripción. No se han realizado correcciones sobre el borrador del ejercicio.
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